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La nueva joya del básquet nacional que llegó a la sucursal argentina en Europa

Lucas Sigismonti, alero de 16 años y 2m03, es la flamante apuesta del Baskonia, club que tiene una apasionante historia con argentinos. Ya son 26 compatriotas, un fenómeno poco común sin importar el deporte. Cómo el ADN nacional cuajó con el vasco para cimentar una potencia europea

El Baskonia no se entiende sin argentinos”. Lo dice Rafa Muntion, relator histórico del equipo, y en la calle lo repiten todos los fanáticos del club de Vitoria que entienden cómo nuestro ADN ha cuajado de forma perfecta con la esencia vasca. “Allá todos nosotros somos locales, bienvenidos, como si fuera nuestra casa”, le suma Julio Lamas, el reconocido entrenador que dirigió allá entre 1999 y 2000. “Nos quieren muchísimo. Valoran nuestra mentalidad y la gente reconoce el corazón. Sin dudas sobresalimos por el carácter”, agrega Pablo Prigioni, otro de los hijos adoptivos de la capital del País Vasco con una población cercana a los 250.000 habitantes. El ex Taugrés o Tau Cerámica, como la institución se conoció antes, durante estas décadas de tanta conexión con nuestro país, ha sido una auténtica sucursal argentina durante 40 años. Una puerta que abrió Marcelo Nicola, aquel talentoso ala pivote que emigró desde Sport Club de Cañada de Gómez en 1989 cuando apenas tenía 17 años, y que nunca se cerró hasta hoy. Al contrario, el crecimiento de este grande de España (el más importante luego del Real y Barcelona) y Europa fue cimentado con argentinos que brillaron y le regalaron a la afición los mejores momentos de la historia. Hoy en día el plantel principal tiene dos figuras de nuestra Selección (Patricio Garino y Luca Vildoza), otro chico que es un talento en desarrollo como Lautaro López (en diciembre se convirtió en el 25° argentino en jugar con esa camiseta) y en estos días recibió el arribo de Lucas Sigismonti, su nueva apuesta, un marplatense (como Pato y Luca) de 16 años que juega de alero, con una altura (2m03) y un terrible tiro que hicieron que el Baskonia se lo comprara a Kimberley y firmara por nueve años.

Nada sorprende, todo encaja, en esta verdadera historia de amor que comenzó en la cancha con Ricardo García Fernández, un ala-pivote de 2m03 que llegó a Vitoria para un reemplazo temporario y fue el primero en jugar. Justamente quien luego lo sustituyó, en la temporada 1990/91, concluyendo su carrera, fue el famoso Juanito De la Cruz, el pivote ex San Lorenzo que hizo una gran carrera allá e incluso, tras su nacionalización, logró la medalla de plata con España en los Juegos Olímpicos de 1984. Hoy es un ídolo local y comentarista de TV. Nicola, hasta ahí, no había debutado, casi lógicamente. Había llegado como una apuesta tras un puñado de partidos en nuestra Liga Nacional. Taugrés se lo llevó por 70.000 dólares, una cifra sorprendente para la época, que premiaba a una cantera top en el país. La idea del Taugrés era competir con las grandes potencias de España y como no tenía la billetera, agudizó el ingenio. Y para eso contó con el gran responsable de esta historia: Alfredo Salazar, un ex entrenador devenido en (un muy especial) reclutador que empezó a estudiar el mercado sudamericano y encontró un potencial superior en el argentino. Así empezó a contratar jugadores. Junto a Nicola se llevó a Gabriel Díaz y Walter Guiñazú, dos aleros prometedores que no llegaron a debutar en el Tau pero hicieron inferiores hasta que regresaron. Nicola se quedó, siendo estrella de un equipo que empezó a codearse con los mejores del continente. De hecho, con él ganaron la Copa del Rey 95 y la Recopa europea en la 96, antes de partir al Panathinaikos.

La siguiente apuesta resultó la de Juan Espil, aquel histórico Escopetero que llegó como un tirador temible (promedió 31.3 puntos en la última temporada en Atenas de Córdona) y en Vitoria se convirtió en un jugador más completo hasta que se fue en el 2000, tras tener el privilegio de ganar la Copa del Rey en 1999. El siguiente en el radar resultó Scola, en ese momento Luisito, un pibe de 18 años que empezaba a brillar con la camiseta de Ferro en la Liga Nacional. Salazar siempre cuenta lo que le costó convencer a Luis, quien pensaba que el mejor camino para cumplir su sueño de llegar a la NBA era ir primero a una universidad estadounidense. El ojeador del Tau tuvo que quedarse un mes en el país para, día a día, ir convenciendo a un chico que ya era muy maduro coincidiera que ir a Vitoria era lo mejor como paso previo a la mejor liga del mundo. Salazar logró su cometido y los vascos lo firmaron por diez años. Sí, 10. No se querían perder a esa joya nacional. De entrada, como aún debía pulir su juego y no tenía pasaporte comunitario, lo cedieron al Gabitel Gijón, primero para jugar en la segunda división (98/99) y luego en la ACB (99/00), en la cual se convirtió en el extranjero más joven en debutar en la mejor competición europea. Así fue que, de a poco, los argentinos empezaron a convertirse en piezas centrales de los equipos vascos.

En 1999 llegó Lamas, en otra fuerte apuesta de la dirigencia vasca luego del éxito del coach en Boca y nuestra Selección. Julio juntó a Espil con Andrés Nocioni y Fabricio Oberto, al primero lo contrató con 19 años tras su explosión en la Liga con Independiente de Pico y al cordobés lo rescató a los 24 tras su mala experiencia en Grecia. Esto abrió la puerta para una oleada argentina. En la 01/02 el equipo fue invadido por cinco: Oberto, Nocioni, Scola (regresó del Gijón), Hugo Sconochini (recomendado por Lamas) y Gaby Fernández. Con ese quinteto metieron doblete: la Copa del Rey y la primera Liga ACB de la historia. Además de comenzar una continuidad por años en la elite de España y Europa. En 2004, cuando Tau ganó la cuarta Copa del Rey, habían llegado dos nuevos argentinos. El quinteto titular ya era dirigido por Pablo Prigioni, con Nocioni y Scola como baluartes esenciales (y hoy seguramente los dos ídolos más grandes en la historia del club), además de Roberto Gabini, un alero que salía en ocasiones desde el banco.

Lucas jugó en las inferiores de Aldosivi antes de definirse por el básquet

Lucas jugó en las inferiores de Aldosivi antes de definirse por el básquet

En la temporada 05/06, con Scola y Prigioni (Chapu ya estaba en la NBA), repitió en la Copa del Rey, en la 07/08 se consagró en la ACB con el dúo Prigioni-Scola brillando como nunca y en la temporada siguiente, con Pablo y Ariel Eslava pero sin Luis (en la NBA), se quedó con la sexta Copa del Rey. Sólo en tres temporadas, desde 1989, no hubo argentinos en el club. Recordemos que también pasaron otros importantes compatriotas sin lograr títulos: Rubén Wolkowyski, Walter Herrmann, Carlos Delfino, Víctor Baldo, Leandro Palladino, Leo Mainoldi, Nico Laprovittola, Matías Nocedal y Matías Sandes completan los 25 que han jugado en estos 40 años. Tan pero tan requeridos han sido los argentinos en Vitoria que la mitad del seleccionado campeón olímpico en Atenas 2004 jugó en el actual Baskonia.

Hablamos de un fenómeno poco común, sin importar el deporte. “En Vitoria han reconocido la calidad, el profesionalismo y la competitividad de los argentinos. Todos aspectos que le hicieron ganar muchas copas. Scola fue el gran referente de todo esto. Llegó siendo un adolescente y terminó convirtiéndose en el mejor jugador de la liga española por varios años. No hay un club en España que haya tenido tantos jugadores de un mismo país”, cree Juan Jiménez, periodista del diario deportivo AS. Justamente allá reconocen cómo remaron los argentinos, como Scola, cuando llegó con 18 años y se alojó en un departamento precario, sin las mejores condiciones. Otros reclutados querían irse, Luis recomendó quedarse. “Todos querían regresar a sus casas. Pero Scola, aunque era el más joven de un grupo de cuatro, les dijo que se tenían que quedar ahí. Se convirtió en una especie de hermano mayor y los mantuvo ahí. Luis jamás admite esa anécdota, pero yo la sé porque me la relataron los otros jugadores”, contó Tim Shea, un reclutador muy conocido de la NBA que pasaba mucho tiempo en España.

Los argentinos dieron mucho y aprendieron mucho. De la organización, que creció a la par de ellos y de las situaciones que les permitió atravesar, como ser dirigidos por grandes entrenadores, en especial Dusko Ivanovic, un serbio de la vieja escuela yugoslava, tremendamente exigente que los tenía que si fuera el servicio militar, con entrenamientos muy duros, casi sin días libres y con un régimen de multas y sanciones ante cada falla. Un contexto que les permitió ser mejores profesionales. “Llegábamos a un cansancio físico y mental extremo. Le decíamos que no dábamos más y al otro día, a propósito, nos hacía entrenar el doble. Era muy exigente. Muy. Yo jugué con una fractura por stress y él creía que no tenía nada… Y, también te digo, el gimnasio de pesas lo construyeron con mis multas… Nos peleábamos mucho, pero luego nos reconciliábamos”, recuerda Chapu con una sonrisa.

Scola lo admite, lo que era necesario para estar en aquel Tau. “Había que tener un gran disciplina y sacrificio para destacarse. Así conseguimos muchos títulos”, dice Luis, que destaca, sobre todo, a Salazar por lo que logró construir, en una época donde el reclutamiento de jugadores por el mundo era casi artesanal, sin Internet, viajando y viendo a jugadores en las canchas, casi sin tener estadísticas. Salazar rescató siempre la combinación de talento y carácter de los argentinos. “Era impresionante ver cómo podían destacarse en otros lugares del mundo sin una acorde preparación física. Y en un deporte tan físico como el básquet. Lo que más destaco es la valentía del jugador argentino. Nunca dejan de luchar y eso es algo que en Vitoria valoran mucho”, analizó en uno de los tantos viajes anuales al país. Era normal verlo sentado en las precarias canchas argentinas, al lado de agentes o dirigentes, mirando y consultando. “El argentino sólo debe adaptarse al trabajo en el gimnasio”, aseguró luego de dar dos ejemplos de los problemas que afrontaban nuestros talentos al arribar a España. “Nicola llegó a España, con apenas 17 años y un problema en los tobillos por esguinces mal curados. Y Espil debió hacer una trabajo de gimnasio muy fuerte para ponerse al tono muscular que exigía la ACB”, recuerda.

Hoy Salazar sigue en el Baskonia como Director de Scouting, aconsejando y marcando el camino cuyo líder, en el día a día, es Juan Pedro Cazorla, un ex jugador del club, el tercer jugador más joven en debutar en la historia de la ACB. De chicos y precocidad sabe… Y no sorprende que haya puesto el ojo en Argentina. Y, puntualmente, en Mar del Plata. El Baskonia ya tiene a Pato y Luka, y ahora suma a Sigismonti, un chico de 16 años y 2m03 que apenas lleva cuatro años jugando al básquet. Hasta los 12 era un alto zaguero de fútbol que jugaba en Aldosivi. Incluso fue campeón marplatense con la categoría 2003. Pero dos profesores se le cruzaron en el camino y ayudaron a que se cambiara de deporte. En cada recreo del colegio, Filipo Ferreyra y Juanse Lofrano le insistían con el básquet, más que nada por la altura. “Cuando empecé a jugar, sentí que debía cambiar. Me gustó más que el fútbol. Porque cambia mucho el ámbito de juego y, en mi opinión, es mucho más apasionado”, le cuenta Lucas a Infobae tras algunas horas en Vitoria.

Mural con Prigioni, Nocioni y Scola, prueba de la relación entre los fanáticos del Baskonio y Argentina

Mural con Prigioni, Nocioni y Scola, prueba de la relación entre los fanáticos del Baskonio y Argentina

Con 13 años, Sigismonti pasó a Kimberley, un semillero de donde salieron jugadores de Liga Nacional (Diego Cavaco, Marcos Mata, Selem Safar y Emiliano Basabe), y empezó a destacarse hasta que lo llamaron a la Selección. Desde la U14 hasta la U16. Jugó dos Sudamericanos y, en el último torneo, el Premundial U16 en Brasil, se destacó en dos partidos, mostrando una mano prodigiosa y una marcada caradurez para tirarla. En la semi ante Estados Unidos metió 18 puntos y, por el bronce, contra Dominicana, clavó cinco triples y terminó con 15 tantos. Aquella participación le valió ser invitado a campus Básquet sin Fronteras que la NBA organizó en Medellín, Colombia. Un hito que terminó de abrir los ojos del Baskonia, que lo invitó a una semana de entrenamientos en Vitoria, donde Lucas mostró su potencial. “No fui con la idea de quedar sino buscando nuevas experiencias y aprendizajes. Cuando volví, realmente dudaba si me querían porque allá no me dijeron nada”, reconoce. Cuando llegó la propuesta, el chico no dudó, aunque admite “en los días previos al viaje estuve bastante mal porque es muy feo despedirse de todo. Dejé mi familia, amigos, todo… No es fácil. Pero a la vez es una gran oportunidad y estoy muy emocionado por esta nueva vida”, se sincera este marplatense que ya se sumó al equipo Junior (U18) del Baskonia y vive en una residencia para reclutados hasta 18 años, que incluye hasta chicos de fútbol (Alavés). En básquet convive con varias nacionalidades: Rusia, Brasil, Senegal, República Checa, Polonia y España (de otras ciudades). “Por ahora la llevo bien. Hay días que extraño, pero como pasó mucho tiempo con los chicos o entrenando se me pasa rápido y además estoy disfrutando mucho de toda la experiencia”, explica Lucas, quien debutó el sábado pasado con el equipo Junior enfrentando a San Sebastián.

Hablamos de un alero que tiene como referente a Nicolás Brussino por lo parecidos de sus físicos y características de juego, al menos a esta temprana edad: flaquitos con una marcada versatilidad, caradurez y gran tiro. “Hoy soy más que nada un lanzador a distancia, pero tengo claro que debo mejorar mucho. Espero que me pueda ir muy bien y tener la mejora que lograron los argentinos que llegaron para jugar a España”, explica. Tiempo tiene. Y ayuda también. “Garino me invitó a cenar cuando estuve, me contó todo lo que me voy a encontrar, cómo será mi vida acá… Y me dijo que me dará una mano. Nunca pensé que esto podía darse… Es un enorme orgullo llegar a un equipo por donde han pasado y triunfado tantos argentinos. Espero estar a la altura”, dice. Lucas ya vive su experiencia en Baskonia. En la sucursal argentina que sigue funcionando como hace 40 años.

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